
Mi abuelo, a sus noventa y pocos, sentado en la vereda con su bastón en mano, rezongaba: "No sé qué esperan estos de la vuelta para venir y llevarme." Los de la vuelta eran los funebreros, que a diario lo saludaban como buen vecino sin imaginar los pensamientos del Nono. Sin embargo, el Nono disfrutaba. Tan solo decía no entender qué hacía ahí sentado si él tenía ganas de trabajar, y mientras filosofaba, con puntualidad reclamaba a sus hijas el vasito de helado de crema por la tarde y el de vermouth por la tardecita. Y entre sorbo y sorbo cantaba, de modo que los señores funebreros, cuando pasaban, sentían reales ganas de vivir, mucho más allá de su negocio.
A la abuela Matilde, en cambio, no le gustaba el vermouth. Pero sí el vino con tortas, a la hora de la conga, todas las tardes, con su grupo de veteranas amigas, mientras su esposo trabajaba. Y el Nono era feliz de saberla entretenida, además siempre tenían el detalle de hacerle llegar una porción hasta su escritorio.
Ni el vino ni el vermouth, a mi papá —su hijo—, le gustaba el wisky siempre a la misma hora y en forma muy medida, acompañado por mi madre. Hombre de rituales si los hubo, para él la rutina fue una sucesión de disfrutes metodológicos. No pasó un solo día de su vida sin hacer reír a alguien.
El abuelo Marcelino se fue antes de conocerme. Dicen que, como buen asturiano, escuchaba todos los días alguna jota y pedía a menudo una torta de sardinas para la cena. Nunca pudieron hacerlo confesar con un cura, a pesar de la buena reputación del sacerdote del pueblo.
La abuela Juana, después de sus doce hijos, era experta en cocinar para gustos variados. Y a la hora de sentarse a la mesa qué mejor que un pequeño rebenque en su diestra, rozando apenas los cabellos del revoltoso de turno, como para dirigir a la manada e impedir el desajuste de la armonía familiar...
Es muy larga la lista de mis recuerdos y todos se mantienen vivos, como ellos.
Hoy me he preguntado en qué rincón del Otro Mundo se habrán encontrado y con qué estarán brindando, quizá también hoy, por nosotros. Haya paz y alegría siempre en su Memoria.