El teléfono sonó cuarenta minutos antes que el despertador. Este tipo de situaciones marcan un día de miércoles, aunque sea jueves. Lo digo porque el captor telefónico marcaba el número de mi lugar de trabajo. Resignadamente, entendí que pretender quedarme en el sobre era una utopía de jueves, aunque a las utopías no hay calendario que les venga bien tampoco.

De pronto, un par de ladridos determinaron que no me cuestionara más: como resorte, y sin mis lentes de contacto, creer ver por la ventana a Matilde intentando cruzar la avenida, fue decisivo. Al estilo de un bombero, me malvestí como pude y salí a la vereda, ya rumbo a la esquina, sin lavarme la cara ni peinarme.

Conciente de mi falta de glamour, sentía en las venas la noble causa de traer, como se pudiera, a la cachorra, mi cachorra, mi Matilde, el diablillo del barrio. (“Qué trabajo da”había dichoya el vecino más próximo haciendo gala de un derroche de opinología).

Todo esto viene al caso para agradecer al desconocido que desde su bicicleta me dijo “adiós preciosa”, fue la frase más alentadora que escuché después del sonido del teléfono y el ladrido respectivamente. Claro que me gustaría aclararle que hay mentiras piadosas más útiles en la vida y hasta más creíbles.

De aquí en adelante, revisaré mi concepto del matrimonio, ya que si un desconocido es capaz de verme hermosa al levantarme….el hombre del anillo bien puede confundirme con una diosa del Olimpo y actuar en consecuencia. Lo voy a pensar.