Cada vez que publico mis propias letras algo de mí se escabulle en monitores ajenos.
Se siente el desprendimiento sin dolor, con una molestia extraña.
Quien escribe y guarda tiene consigo un todo de tinta seca que en algún momento disparó vida. Nadie va a llegar a objetar sus letras, a repudiarlas ni a adorarlas. Será un viaje sin retorno, hacia la muerte de la letra, al encapsulamiento de emociones, una tras otra.
Quizá por eso el desprendimiento puede más que todo miedo, prepara la confianza para la crítica y la sala de recepción para escuchar los ecos.
Quizá por eso nos guste tanto postear y necesitemos no sólo recibir comentarios, sino dejarlos por ahí, en una gran cadena de ida y vuelta, donde la palabra tiene la fuerza del Sol y la velocidad del átomo creador.