A Juan Ramón Jiménez, con su Platero y yo, me gustaba leerlo en voz alta. Todos los días. Y no me alcanzaba eso, que noche a noche daba (mos) varias vueltas a la casa con mi pequeña bicicleta al costado.
Nunca una bicicleta se imaginó el papel protagónico de Platero, ni el genial Juan Ramón -en su verso más loco- tal escena.
Es que los buenos libros logran inventarnos universos paralelos, lo cual en los niños está altamente potenciado. El niño es un poeta en bruto, y a menudo los libros lo moldean, casi jugando...
A Jiménez su tierno Platero le resultaba un amigo inseparable al que sólo le faltaba hablar, en cambio a mí la fría bicicleta no me hacía ni una caída de orejas, no obstante esperábamos las noches de luna llena para vivenciar en carne y fierro propio "La luna"

"...Sobre el tejadillo, húmedo de las blanduras de septiembre, dormía el campo lejano, que mandaba un fuerte aliento de pinos. Una gran nube negra, como una gigantesca gallina que hubiese puesto un huevo de oro, puso a la luna sobre la colina...
...Platero la miraba fijamente y sacudía, con un duro ruido blando, una oreja. Me miraba absorto, y sacudía la otra..."

Sobre mi falda, el libro amarillento me ha descolgado recuerdos y he salido a la noche para encarar a la luna. La misma de siempre y yo...¿la misma?