"Cuando me vaya al país de los quietos..." - dijo la vecina, en el medio de una conversación.
Aquella mujer me vio crecer y ahora filosofa conmigo en una tarde cualquiera de verano. Ella era la que me hacía una cruz con un cuchillo en la frente cuando me caía, para evitar que aparezca el "chichón"; es que yo, la más pequeña de la pandilla del barrio, me caía cada vez que mi madre me ponía el vestido aquel, lleno de volados. Los nenes más grandes decían, entre risas, al verme llegar "ahi llegó la bolsa de papas". Y posiblemente por ese estigma pre - juego que me adjudicaban, la caída era inevitable, seguida de risas y más risas.
Era entonces que esta señora, en cuyo jardín transcurría el grueso de la diversión, además del ritual con el cuchillo se compadecía con un "pobrecita, no se rían, ella tan maricona".
Así entonces, en mi mente de escasos seis años, intentaba yo analizar cual de todos los adjetivos me caía mejor, pero nunca supe si la "bolsa de papas" se llevaba más puntos que el "maricona" para mi infanto autoestima.
E inevitablemente, luego del traspié papal, el juego cambiaba hacia otro que requiriera estar sentados y quietos, por lo que agradezco a aquella pandilla haberme incluido en "la pulga", juego en el que si bien nunca ganaba, me estimulaba las neuronas, incentivada por la necesidad de demostrar que "yo era mucho más que una bolsa de papas."
¿El pais de los quietos? ahhhhh....claro, qué ingeniosa! Han pasado los años pero esta señora me sigue invitando a la reflexión...