Sus manos sin colores transitaron los senderos. Acontecía.
Igualmente, él pintaría cielos, rearmaría la historia de un cuerpo gris y le recordaría a ella qué alturas alcanza el vuelo al despegar los sueños cotidianos.
Cuando una mujer y un hombre se encuentran, eluden el reloj y renuncian a un cielo estrellado para escudriñar otros universos, el de la piel mojada y los besos sin aliento, la noche adquiere su real temperatura y sobran las palabras.
Pero cuando las manos de él, sin pinceles, sin paleta, centímetro a centímetro desarrollan un paisaje, cuando acontecen colores y apenas cuatro horas de sueño la devolverán a ella al mundo de las formas, una mujer que se precie de tal busca las palabras
donde sea
para explicar la maravilla.