A pocas horas de rescatar un grillo desde las agitadas aguas de la pileta de mi escritorio (no todos tienen una cocina en su “oficina”), me encontré escuchando el canto de otro contemporáneo, esta vez a pocas baldosas de mi computador.
Vivir rodeada de grillos en este apacible febrero puede resultar una experiencia casi religiosa, diría Iglesias. Siempre me interesó saber qué tema tocan todas las noches y cual es el estribillo más pegadizo de su repertorio.
Me simpatizan los grillos y si he aprendido a perdonarle la vida a las arañas por laboriosas, con más razón respeto a estos cantautores nocturnos, mis artistas predilectos.
Con el paso de los años, las especies de la naturaleza nos vamos acostumbrando a la convivencia y uno empieza a tomarle cariño a todo bicho que camina, con algunas salvedades. Es que poblar este planeta no es “chaira”, dijera algún gaucho, y la Tierra de por sí es un paraíso de rejuntados. Ni la teoría extraterrestre nos salva de las cruzas y quien crea que pertenece a una especie casta y pura está muy equivocado.
Algunos poetas tienen alma de gatos de tejado y algunos cantantes corazón de grillo.
Silencio: ni el teclado zapatea. No se escucha, deliberadamente, nada más que la noche.
Alguien pidió un bis y los grillos entonaron el himno a los noctámbulos que dice algo así como:
“luna cantora
báñame de perlas
ponle alfombra roja a los grillos
la noche invita a caturrear…”