Entre las ranuras de la persiana se asoma el atardecer para recordarme que el mundo es maravilloso. Inmediatamente te recuerdo, te traigo hasta mi teclado y mis dedos comienzan la danza del deseo. Escribo. Cuando pasan estas cosas, reconozco que soy vulnerable a todo mensaje de la naturaleza y no hay persiana que se oponga. Esta noche la cerraré tranquila, porque estarás conmigo y mis dedos mostrarán cuánto baile les queda todavía. Si por esas casualidades, se cuela el amanecer, recordaré también que el mundo, además de maravilloso, es de colores. Que son tus manos pinceles del deseo y que permanezco en tu lienzo para obtener -de a poco increscendo - toda tu sabiduría. ¿Hay algo más inspirador que un colado, entrometido e insistente atardecer?