Frío. Afuera el viento helado invita a la reclusión. Adentro los dedos comienzan la danza del teclado con torpes movimientos. No, no descansa el escritor y hasta podría morir en el frío de la falta de inspiración, por eso, sobre el fuego, la caldera avisa que el mate estaría pronto en breves minutos.
Se escuchan silencios de la siesta, los que preceden a los ruidos impertinentes de las motocicletas.
Se escucha también el sonido de las letras, cuando parece que llegan pero se quedan en el intento.
No habrá poema hoy, ni asunto interesante para escribir. Quedará para otro día el pequeño éxtasis del punto final, cuando se redondea el texto y la sangre corre liviana y juguetona. Cuando frente a la pantalla la propia imagen se adivina cumplidora del deber y el escriba se reencuentra en su propio código de letras.
He aprendido a aceptar cuando no hay musa susurrando a mis oídos y casi estoy aprendiendo a tomarle cariño a las ausencias del lápiz.
Afuera el viento grita barbaridades, el teclado se tranquiliza, hoy no hubo verso ni canción.