No nací coliflor sino persona en esta vida. Una teoría manifiesta que, previamente a mi encarnación en la diminutez de un óvulo fecundado, elegí destino y lugar para este viaje. Saqué pasaje, como quien dice.
Y número, para los numerólogos, y asiento (o ataúd) de ida y vuelta para el regreso.
Pero lo más importate de esa teoría es que destaca mi elección por ser persona y no coliflor, ni caballo, ni lombriz, ni mosquito portador de dengue, ni bacilo.
Persona y mujer, he salido beneficiada en esta categoría por mi propia Conciencia- según manifiesta esta teoría- con detalles de personalidad, historia, manías y virtudes.
Me pregunto qué sueños puede tener la conciencia de un coliflor más que no ser adquirido en una verdulería, pero no indago demasiado en esos pensamientos porque sólo me queda esta condición de vegetariana para subsistir, resistente a los cánones de un mundo carnívoro y a las tradiciones uruguayas campestres.
En un imaginario colectivo felicítome por mi elección y doy las condolencias a este hermano vegetal para que le espere mejor suerte en la próxima vida. Parece que me mirara y...se burlara.
Entonces, como si este maldito coliflor ya comenzara a cuestionarme mi suerte, como si no le alcanzara tener la originalidad de un post a manos de un ser humano y se empecinara en complicarme la vida, he decidido plantarlo en el jardín para darle una segunda oportunidad de vida después de la vida.
Destapo el frasco del arroz y me dispongo a alimentarme, así, a lo japonés, sin coliflores en la costa, bendiciendo el bocado y esta costumbre deliciosa de honrar al señor apetito.¡Buen provecho!