La tarde ofertaba una larga cola, al solcito apenas tibio, para cobrar la jubilación y pagar alguna cuenta. "Buenas tardes" , dije al colocarme última de fila, luego del hombre mal vestido y con aspecto de poca ducha que respondió al toque "Buenas tardes, señora". Acto seguido, dándose vuelta, continuó con la reflexión inevitable: "Esperemos que vaya rápido, hoy de mañana estaba más larga todavía y no estamos para dejar de cobrar, no?". Me dispuse a conversar para matizar la espera. El desconocido, a pesar de su aspecto poco agradable, tenía una conversación amena sobre temas generales: el frío, el viento, la espera... La cola se movió apenas y el hombre, entusiasmado, le comentó a la joven de adelante: "Parece que vamos avanzando". Ella lo miró rápidamente y se dio vuelta, para dejar bien claro que no tenía ninguna intención de charla. Lo observé. ¿Habría entendido el mensaje? Me dio fastidio. Al poco rato mi interlocutor había decretado sin ninguna duda que era conmigo quien correspondía compartir un rato de charla y de esta manera comenzó a relatar sus grandes caminatas por la ciudad, a sus 73 años bien llevados. "¿Sabe una cosa? Yo fui cartero, por eso me gusta tanto caminar". Me sorprendió gratamente: "Yo quería ser cartero, cuando era niña", acoté, y a aquel hombre se le iluminaron los ojos y asomó una sonrisa auténtica mostrando aquella fatal dentadura que quizá había asustado a la vecina de adelante. Nada de eso importaba. La vida me acariciaba los oídos, escuchando anécdotas de su trabajo, los que esperaban su correspondencia, los que pedían por favor que se las retuviera en la bolsa y luego lo perseguían por la calle para conseguirla..."Hombres y mujeres ¿sabe?, querían conservar los secretos..."
Ya estábamos llegando a destino y seguramente éste había sido el único momento del día para dejar de hablarle a su sombra. Sus anécdotas recorrían pasado y presente, contándoles también a los que me continuaban en la fila que en su rancho estaba solo, que su perro cimarrón había sido envenenado, "es que uno ve caras pero no ve corazones", remató. Ya sabía yo que esta mezcla de gaucho urbano, andante o indígena sabio, el cartero, tenía, nada más y nada menos, que la última palabra.