"¿Hace bastante calor, no?" - dijo la anciana que se sentó a mi lado en el colectivo.
Hacía tiempo que nadie me iniciaba una conversación en el "ómnibus" - pensé. Y completé con el razonamiento "Esto me pasa por cambiar de línea". Pero opté por responder con educación a la señora, siempre bajo el supuesto de que estas personas mayores viven solas y buscan charla donde sea.
Las ancianas uruguayas, al menos las que viajan en colectivo no conocen términos medios: o son adorables o son insoportables. En este último grupo podríamos incluir a aquellas que a codazo limpio se abren paso bajo el transparente pasaporte de su edad avanzada y consideran que les está todo permitido, en una especie de adolescencia rebelde al paso de los años difícil de curar.
Las adorables, como esta señora la charlatana, suelen llevar una bolsa con compras recién hechas y - quizá por aquello de que en su hogar nadie las espera para admirar qué compraron- suelen compartir con el vecino de asiento sus adquisiciones.
Miré como con rayo láser su bolsa y distinguí ovillos de lana de diferentes colores, acto seguido acotó: "Esa señora que subió recién teje muy lindo también". Miré hacia el pasillo, como si me interesara el tema, al tiempo que escucho "Le voy a tejer unas bufanditas a mis nietos trillizos".
Una vez más, una sutil bandera blanca se interpone entre mi cerebro y la situación, me dejo guiar por las palabras ajenas hasta el mundo invisible de la escucha e intento ejercer el viejo arte del buen oreja. Abuelas tejedoras quedan muy pocas, pero abuelas de trillizos no se encuentran todos los días.