Observo el reloj con inusual parsimonia. La noche más larga del año ha comenzado y las agujas que marcan las horas se deslizan perezozamente sin sospecha de su protagonismo. Cae por la ventana más noche, como si no alcanzara. No ha sido necesario pensarlo, la noche más larga me encontrará escribiendo poesía.
Espero encendiendo la máquina y sirviendo un té con aspirina para mitigar los resfríos del crudo invierno.
Si no llegara, lo tomaré con calma, al té y a la ausencia de musa. Recordaré los tiempos de desamor, cuando la cara del enamorado era un signo de pregunta y la soledad se empecinaba en pasar la noche en mi cama, la mañana en mi mesa de desayuno y la tarde entre los poros de mis huesos.
Si hoy la poesía no llegara, como tantas noches, me encontrará escribiéndole.
Pasan los minutos y las agujas tienden a enderezar su tarea para marcar las dos de la madrugada.
Taconean las teclas en las calles de mi teclado y comienzo a disfrutar de esta soledad inventada.
Por la ventana la luna, sin miramientos, me guiña un cráter y me invita al vuelo: la noche más larga recién comienza y terminará en los brazos del sol casi como cualquier otra.
Cierro los ojos, pienso en las manos de mi hombre y le invito a volar conmigo, ya no estoy sola y la noche, aunque oscura, se ilumina de colores. Las agujas del reloj sonríen: hay poesía.