A pocos hocicos de la lumbre, Matilde observa el fuego con el desencanto de un leño. Seguramente los perros no celebran la Noche de San Juan con el mismo énfasis que los humanos, pero esta luna que me alumbra no me permite mentir y doy fe que Matilde, esta noche, está preparada para la magia.
El fuego, en su chisporroteo incesante, le está contando los chismes de la noche con el peligro candente de que un perro puede ladrarle secretos a la luna. Sin embargo Matilde no quiere noche más que la que le ofrece el hogar, a salvo de la helada que congela el aliento en pocos minutos.
"Noche de magia" - le confirmo en una de sus orejas grandes y atentas - "Es la noche de San Juan".
Ella me mira y mira el fuego, como encontrando un parecido. Puede que mis ojos continúen siendo los de mi niñez, cuando de pensar en magia se trata. El aroma a café está inundando la memoria y, a tiempo, me levanto para preparar "sólo unas gotas".
Entonces, y con su mirada entusiasta acompañada por la larga cola ondulante de alegría, dejo caer en una hoja la gota de café que necesito, sólo una, para mi ritual.
Con la seriedad del caso que amerita una sonrisa cómplice, doblo el papel en cuatro partes y lo coloco debajo de la cola del ángel, estatuilla depositaria de todo papel importante que circule por la casa (no recuerdo quien me regaló este ángel sentado, desnudo, con gesto de aburrido, pero conste que trato de hacerle su existencia un poco más entretenida).
Mañana, cuando haya transcurrido la noche más corta o la más larga, según del lado del globo terráqueo en que nos encontremos, la magia habrá mostrado su mensaje al desdoblar el papel.
Matilde, satisfecha, se ha hecho un ovillito de suave pelaje dispuesta a dormirle horas al reloj sanjuanino.
FELIZ NOCHE DE SAN JUAN PARA TODOS, QUE EL FUEGO BENDIGA SIEMPRE CADA CORAZÓN.