La poesía me ha encontrado al borde del caldero en una noche/día de exigente creación. El libro aguarda bajo el disfraz de proyecto sueños posibles. Después de la noche oscura o después de la tormenta, vendrá la calma.
Me enfrento a los poemas uno a uno y los leo como desconocidos visitantes. Sólo alcanzo a vislumbrar sus defectos mientras los veo bailar, página a página, en una danza acechante como fantasmas no correspondidos.
El título permanece inmutable y no le ha llegado el virus de la duda todavía, más bien se mantiene como viga y cimiento de lo que vendrá. ¿Cuánto durará esta noche? ¿Cuánto la vela del poeta insomne, laburante del verso, antes de apagarse?
A cada poema le está llegando, con la lectura, la saga de la exigencia. Un hacha se cierne maliciosamente sobre algunos versos condenándolos al olvido eterno.
El rito transcurre mientras dure la noche, quizá muchos días más, mientras afuera haya que explicarle a algunas personas las necesarias crisis previas a la imprenta.
De a poco y con un hilito de humo por lo perdido llegando al corazón, va naciendo, entre las cenizas, la semilla de la esperanza. Duro el trabajo del escriba, pero deliciosamente inspirador.