|
Mientras el autobús devoraba una a una las cuadras que me separaban del trabajo hasta mi hogar, mi vista se detuvo en el rostro de una mujer de edad incierta que, al igual que yo, esperaba llegar a destino. Tenía el entrecejo marcado con un gesto de enojo que la vida parecía habérselo esculpido sutilmente, sin permiso formal, seguramente por la sucesión de hechos dolorosos que se empecinan en sellar algunas vidas.
Aquella señora conocía muy poco las bondades de la sonrisa y quizá no recordaba la última vez que una carcajada la habría asaltado hasta hacer doler las quijadas. Así son algunas historias, duras como aquel gesto, predecibles y difíciles de protagonizar que todavía se dan el lujo de dejar marcas en rostros envejecidos antes de tiempo.
De pronto ella se levantó y con una voz firme y suave invitó: "Señora, siéntese aquí" dandole paso a una madre con un niño en brazos que no dudó en tomar el asiento.
Como debajo de un caparazón, ahí estaba una buena mujer, lo único que importaba.
A las pocas cuadras imaginé que, al levantarme de mi asiento, ella no dudaría en tomar el mío y quizá por eso le sonreí, simpatizando con su adusta presencia que, mientras se sentaba, tendía a agudizar sin un ápice de sonrisa aquel gesto, su extraña carta de presentación. Se ven ojos y cejas, pero no se ven corazones...
|
servido por locaporlaluna
11 comentarios
compártelo
operadoor dijo
vaya mundo, a veces, hasta es necesario sonreír
9 Septiembre 2009 | 01:59 AM