Ayer me reencontró un amigo, luego de trece años sin vernos, por obra y gracia de la benemérita y no siempre bien ponderada Señora Internet. Palo para los que dicen que este medio enfría, separa y mimetiza a las personas. Al querido buscador de Google, incansable Boy Scout de la electrónica, mis saludos. A la Coctelera, que me permite ser una loca con patente, mis gracias razonables.
Nelson es un amigo uruguayo que por cuestiones inexplicables, estando a 365 kilómetros de mi casa, se me había perdido de vista. Como experto en técnicas de masaje que es, su llegada a mi casilla de correo tuvo el mismo efecto que un buen masaje al corazón, a la memoria y a la alegría del reencuentro.
Él fue quien me invitó a conocer las virtudes del vegetarianismo mientras estudiaba en la Escuela de Nutrición y a trece años de aquella novelería le cuento que soy la única nutricionista vegetariana de mi ciudad, una buena oveja negra perdida del rebaño seguidor de los asados uruguayos, por cierto muy famosos en el mundo.
Me ha dicho que su hija conserva la muñeca de patas largas que le regalé al nacer, a pesar de que ya está dejando de jugar con muñecas.
Pero lo que nunca he olvidado de este amigo, más que todas sus virtudes y defectos juntos, es que su perro tenía olor a incienso. Cosa inexplicable pero cierta. Así es la memoria, una caja de hilos multicolores cuyas trenzas no dejaremos de tejer ni a sol ni a sombra, en cada minuto de la existencia. Gracias por aparecer, amigo, muchas gracias.