Transcurren los días ejerciendo el deporte de anotar en la agenda todo cuanto debe ocurrir. Deporte cansador, porque en él se va la vida y la meta no aparece jamás ante los ojos.
Terriblemente cómplice del desgaste, la agenda permanece callada y sólo habla cuando abre sus tapas con esa lengua de hojas atintadas que sólo saben dar órdenes.
Afuera, el mundo se puebla de emociones que pasan de largo y sencillas maravillas que no se registran en ningún papel.
¿Cuándo fue que el Tiempo pidió un reloj? ¿Cuando la Libertad una agenda?
He desafiado a su verborragia de tareas con algunos días de desatención maldita. Me he convertido en una nómade de la rutina, casi una náufraga radicada en alguna isla del "no me importa nada". Desafío también al reloj y discuto con sus secuaces, los jugos gástricos, las serotoninas del sueño, las sirenas de las fábricas.
En algún lugar de lo no dispuesto, ahí estoy, acurrucada para que nadie me juzgue ni ordene, ni me solicite el favor de acompasarme al mundo.
Siguen llegando propuestas tentadoras, todas con horario. Caen, aunque no haya agenda que les diga "amén", por móviles y monitores, por el diario, los insistentes alaridos de la radio y las convulsiones de la T.V.
Repliego mis ansiedades, disfruto de esta abstinencia del "tener que" y me interno de nuevo en la isla, para mirar el mundo sólo por el ojo de mi tinta y acordarme, haciendo un gran esfuerzo de memoria, quien es que, simple y llanamante, Yo Soy.