Vivo en un mundo de fantasía interno a la gran fantasía que es este Mundo. Mi bandera celeste acepta también los colores de la utópica bandera universal que algún día todos izaremos, el día en que no asombre la honestidad y el respeto por la vida no sea algo pasado de moda.
Sueño todas las noches- y algunas veces en presencia del sol -con el sello de la ternura en cada cédula de identidad y la codificación de virtudes y defectos a trabajar en cada persona, al lado de la fecha de su nacimiento si es preciso. Sueño también con una ciudad sin carros con caballos trabajando todo el día, con niños sin deuda de infancia y con sonrisas en lugar de rostros serios los lunes por la mañana.
Me gustaría, si es posible, inventar la máquina de la risa para accionarla cada vez que alguien se dedica a criticar a quien no está, de modo que una atronadora carcajada le recuerde lo insustancial que es esta vida física al lado de la verdadera dimensión del Alma.
Invento conversaciones con cada perro callejero que tiene a bien moverme la cola, para conocer la fórmula de la amistad y la lealtad desde la fuente más noble.
Amo a tropezones, pero me sentiría feliz si ése fuera el verbo más fácil, independiente de razones, para ejercelo con quien se me cruce sin levantar sospechas tontas.
Y muero o espero morir a cada segundo cuando el segundo, que es lo único que tengo, se me presente en forma de pasado, revestido de las cosas feas que no hace bien recordar o atiborrado de basura para mi alma aprendiz de humana.
Estoy segura que siguen muchos verbos más, mientras tanto escribo y bendigo que alguna musa soñadora hoy se ha dignado a visitarme con el ánimo de susurrar.