He sacado a pasear la CARTA de Miguel Hernández por el cielo luminoso del ordenador, hasta guardarla suspendida en el Escritorio tal como si yo fuera la mismísima Josefina Manresa. Es que con una cuota de atrevida potestad le he permitido “Crear acceso directo”, como para tenerla a mano y beberla, como vaso de agua fresca durante los sedientos procesos de mi andar de poeta. Intenté sobornar al Tiempo, ratón en mano, para llegar al precioso instante en que “se emocionan los tinteros” y “un claro calor humano /sube desde el fondo negro” cuando una ráfaga de inmortalidad se posó sobre el teclado y comenzó a temblarle el pulso a cada letra. Comprendí que la verdadera tinta, la imborrable, estaba en el sentimiento, como lo escribió el Poeta y me ensimismaron los sonidos de las teclas que esta vez castañeaban con acento español. Seguí escribiendo como latido de carta. Busqué en Mis Documentos otras, mis propias cartas “con el color de la edad/sobre la escritura puesto”, pero descubrí que el color de la edad -que les había perdonado su vida electrónica- sólo podría posarse en mis manos con algunas manchas de sol, irreverencia del tiempo. Y también constaté que sólo para mis propias retinas, cerrando los ojos, podrían descubrirles sus estragos, cuando “…el papel se agujerea /como un breve cementerio/ de las pasiones de antes”. “Cartas que quedan vivas/ hablándoles a los muertos…”

Regresé. Miguel Hernández cumple hoy cien años y sus cartas gozan de una vida sin edad. Felices de los Poetas que quedan vivos como sus cartas. “Aunque bajo la tierra/ mi amante cuerpo esté/ escríbeme a la tierra/ que yo te escribiré”…La bebí esta vez en voz alta, en el silencio respetuoso de un teclado inmóvil, como se bebe, lenta y parsimoniosamente, una copa del mejor vino.

Lucía Borsani.

30 de Octubre de 2010

En homenaje a los cien años del nacimiento del poeta español Miguel Hernández.

Mientras escucho a Serrat: "Tus cartas son un vino/ que me trastorna y son/ el único alimento/ para mi corazón..."