Debería cambiar computadora por jardín en estas noches de verano, el despertador por un llamador de ángeles y el teléfono por un eco de montaña.
Debería ordenar mis poemas, darles forma de canasto, escalera al cielo o racimo de uvas recién arrancado.
Debería beber más lluvia de estrellas, más besos, más rocío, desarmando la cama y durmiendo sobre el pasto.
Debería desentenderme de todo pasado y futuro, quitarle hojas a la agenda y encender el fuego (para asar algunas rodajas de calabazas).
Debería poner en el paredón la luna, preguntarle de nuevo por qué no habla, por qué alumbra mi caja tonta y dicta sentencias (y permitirme por primera vez amenazarla con ladridos).
Debería mirarlo a los ojos como por vez primera, preguntarle su verdadero nombre, susurrarle al oído que lo quiero con la ingenuidad de los niños y el deseo a punto de estallar.
Debería soñar más seguido que sueño y que atravieso la rutina en aeroplano (no quiero envidias).
Debería escribir con abreviaturas y leer con rapidez y sin faltas de ortografía el alma.


/ algo de lo pendiente, no sé por dónde empezar.