Conforme van cambiando los números en las últimas páginas de la agenda, la memoria hace el recuento del misterio de lo vivido y del quien te quita lo bailado. Mientras eso sucede, seguimos agregando minutos a un presente apurado con más pinta de futuro que nunca y las neuronas recorren posibilidades a la hora de planear las listas de deseos.
Mentalidad de regalos y de regocijo por el encuentro nos traen todos los diciembres.
Mientras tanto, las cosas sencillas de la vida siguen ocurriendo aunque nada tengan de fiestas. En algún rincón del globo hay un perro aterido por el miedo y un anciano despojado de esperanza. También hay, en rincones repetidos, jóvenes y no tan jóvenes viviendo el silencio de la separación y cuestionando el color rosa del amor.
Así como quien se toma un trozo del día para regar una planta cualquiera, ejercitándose en la simple y cotidiana costumbre de dar para - quizá después de mucho tiempo- recibir. O quien cocina con el mayor arte para degustarlo solo, o quien recorre a pie las cuadras que lo separan de un amigo confiable, sólo para compartir un mate.
Es que la felicidad se escapó de la impresión de una tarjeta y está disfrazada de común y corriente en variadas cosas de la vida. Hasta en las que más duelen, porque son las que más la necesitan.Y ella se resigna, con una sonrisa socarrona, a que la persigamos como gladiadores de la ilusión.
Me ilusiona escribirla, con un plural luminoso, para que la reciban todos y cada uno de los que por aquí pasan, como si fuera yo el Mago que la saca de la galera, como si se hubiera escondido en cada una de las letras de mi reforzada y esmerada... esperanza.

FELICIDADES!